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Si por tradición se entiende la transmisión de lo propio a las generaciones
que nos siguen , difícil parangón puede encontrar el pueblo serrano que ha
sabido conservar como ningún otro su vestuario, vivienda, urbanismo y –
costumbres.
   Hasta hace mas bien poco era posible ver por las calles la particular ves-
timenta serrana, reservada, hoy, para señalados días de fiesta, religiosas o
de profundo sentido familiar, bien sean de alegría o dolor.
   El traje masculino con el adorno del oro o de la plata en las botonaduras
se compone de chaqueta, de rizo o terciopelo; calzón estrecho por las rodi-
llas o bombacho, de terciopelo azul o negro; chaleco, con tendencia hacia el
azul claro aunque admite otros colores; faja de colores guinda o rosa y bor –
dadas las de gala; camisón de lino, de cuello alto bordado en punto de cruz;
calceta, sin pié y de hilo blanco; polaina y zapato o bota alta abierta hacia el
exterior; sombrero y pañuelo de seda con las puntas del nudo cayendo sobre
la nuca, y sobre el traje, la anguarina o la capa con esclavina y mangas.
 

Mayor variedad existe en lo concerniente a la mujer, con la especial
Relevancia del traje “de vistas” que visten en sus bodas y en los Oferto-
rios de fiestas religiosas como las del Corpus Christi o la Asunción, traje,
de tal riqueza que ha merecido ser calificado como el más típico, el más –
rico y el mas hermoso de España, destacando, en él, los numerosos ador –
nos de filigrana de plata, plata sobredorada, oro y coral, en collares y bra-
zaleras, plenos de imágenes, relicarios, exvotos y amuletos, que cuelgan –
hasta mas allá de la cintura, en los que se han encontrado ciertas afinida—
des árabes y judías.
   Más popular es el conocido como “de manteo” en sus tres variantes: –
“de ventioseno”, traje de respeto, de austera solemnidad, utilizado por –
personas mayores en ocasiones de luto o celebraciones religiosas, al que–
confiere distinción el manto que cubriendo cabeza, hombros y espalda, cae
sobre la frente en pico del que cuelga airosa borla; “de mantita”, para fies-
tas e ir a la iglesia, de color oscuro, botonadura de plata en el jubón y –
ricos adornos, y “de zagalejo”, de vivos colores con preferencia hacia el
encarnado y con pañuelo de rebozo, destinado a los alegres días de fiesta
en sus momentos profanos.
   Por último el traje “de sayas”, el mas moderno y usual, desvirtuado –
Por la utilización del mantón de Manila, luce amplias sayas de llamativos
colores.
 
  Adecuado complemento lo constituye el “bordado serrano”, tan solo
alcanzable en origen al encontrarse prácticamente fuera de los circuitos –
comerciales. La afición a esa actividad procede de antiguo, pues ya a fi –
nales del s. XVI se comprueba la presencia de un bordador en San Martín
del Castañar, mientras un devanador de lino luce en el blasón municipal –
de La Alberca, recordando la labor textil que venía a culminar el proceso
iniciado en el cultivo de los linares.
   Sobre el color amarillento del antiguo paño o del mas claro del moder-
no, los bordados crecen buscando la plenitud con clara tendencia a la —
ocupación y marcado gusto por la simetría. Las formas vegetales y ani –
males entrelazadas, naciendo unas de otras con arcano sentido simbólico,
son perfiladas y corporeizadas dibujando líneas ajedrezadas, zigzaguean-
tes, romboidales ..., en base a un continuo contraste de primaria policro-
mia que eleva un alegre canto a la vida en el que la fertilidad, la virgini –
dad, el amor, el afecto …, quedan reflejados.
 

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